jueves, 24 de mayo de 2012

Simone Weil: Al decir "creo" quiero expresar...


Ojos y hojas en el suelo - Embalse RT 2012
Este texto de Simone Weil, titulado -seguramente por las editoras- "Último texto", resume algunas reflexiones sobre religión de una creyente y practicante tan ferviente como inteligente, tan comprometida como apasionada, pero al mismo tiempo es un texto sobre el pensar con el creer, sobre el creer desde el pensar y sobre las instituciones del creer y del pensar. Lo que se dice puede ser aplicado a otras instituciones tanto de la "Fe" y como de la "Razón". Simplemente fundamental. Hoy lo vemos y discutimos en el curso de Estudios Críticos del Derecho. Lo dejamos por acá. Está publicado en "Pensamientos desordenados" (Ed. Trotta, 1995). Salut!

Último texto (1943)
Simone Weil

Creo en Dios, en la trinidad, en la encarnación, en la redención, en la eucaristía, en las enseñanzas del evangelio.

Al decir “creo” quiero expresar, no que hago mío lo que la Iglesia dice sobre estos puntos para afirmarlo como se afirman hechos de la experiencia o teoremas de geometría, sino que me adhiero por amor a la verdad perfecta, inaprehensible, encerrada en el interior de estos misterios y que trato de abrirle mi alma para dejar penetrar su luz en mí.

No reconozco a la Iglesia ningún derecho a limitar las operaciones de la inteligencia o las iluminaciones del amor en el dominio del pensamiento.

Le reconozco la misión, como depositaria de los sacramentos y conservadora de los textos sagrados, de dar directrices sobre algunos puntos esenciales, pero sólo a título de indicación para los fieles.

No le reconozco el derecho a imponer los comentarios con que rodea los misterios de la fe como si fueran la propia verdad; mucho menos aún el de utilizar, para imponerlos, el miedo y la amenaza con privar de los sacramentos.

Para mí, un desacuerdo aparente o real con la enseñanza de la Iglesia en el esfuerzo de reflexión es solamente motivo para suspender durante un tiempo el juicio con objeto de desarrollar al máximo posible el examen, la atención y las dificultades, antes de atreverse a afirmar nada. Pero eso es todo.

Aparte de esto, medito todos los problemas relativos al estudio comparado de las religiones, su historia, la verdad contenida en cada una de ellas, las relaciones de la religión con las formas profanas de búsqueda de la verdad y con el conjunto de la vida profana, así como la significación misteriosa de los textos y las tradiciones del cristianismo; todo ello sin ninguna preocupación por el posible acuerdo o desacuerdo con la enseñanza dogmática de la Iglesia.

Sabiéndome falible, sabiendo que todo el mal que por cobardía permito subsista en mi alma debe generar en ella una cantidad proporcional de mentira y error, dudo, en cierto sentido, hasta de las cosas que me parecen más manifiestamente evidentes.

Pero esta duda alcanza en igual grado a todos mis pensamientos, tanto a los que están en concordancia con la enseñanza de la Iglesia, como a los que están en desacuerdo con ella.

Espero y deseo permanecer firmemente en esta actitud hasta la muerte.

Tengo la certeza de que estas palabras no encierran ningún pecado. Sería pensando de otra forma como cometería un crimen contra mi vocación, que exige una probidad intelectual absoluta.

No puedo discernir ningún móvil humano o demoníaco que pudiera ser causa de una actitud así, actitud que no puede producir más que penas, desasosiego moral y aislamiento.

El orgullo, en particular, no puede ser su causa, pues no hay nada que pueda halagar al orgullo en el hecho de ser a los ojos de los increyentes un caso patológico al mostrar adhesión a dogmas absurdos sin contar con la excusa de sufrir una presión social, y en el de inspirar a los católicos la benevolencia protectora y un poco desdeñosa del que ya ha llegado hacia aquel que está en camino.

No viendo, pues, ninguna razón para rechazar el sentimiento que está en mí, permanezco en esa actitud por obediencia a Dios; si la modificara, ofendería a Dios, ofendería a Cristo, que dijo: “Yo soy la Verdad”.

Por otra parte, experimento desde hace ya mucho tiempo un deseo intenso y perpetuamente creciente de la comunión.

Si se miran los sacramentos como un bien, si yo misma los miro así, si los deseo y si se me niegan sin que haya falta alguna por mi parte, no es posible que no haya ahí una cruel injusticia.

Y si se me concede el bautismo, estando en la actitud en la que persevero, se rompería entonces con una rutina de al menos diecisiete siglos.

Si esta ruptura es justa y deseable, si hoy precisamente es de una urgencia vital para la salvación del cristianismo —esto es manifiesto a mis ojos— haría falta que se llevase a cabo, para la Iglesia y para el mundo, de una manera patente y no por iniciativa aislada de un sacerdote que administra un bautismo oscuro e ignorado.

Por este motivo y por otros semejantes, jamás he hecho hasta ahora petición formal del bautismo a un sacerdote. Tampoco ahora la hago.

Sin embargo, siento la necesidad, no abstracta sino práctica, real, urgente, de saber si en caso de que lo pidiera, me sería concedido o denegado.

[La Iglesia tendría un medio sencillo de procurarse lo que para ella misma y para la humanidad sería la salvación.

Debería reconocer que las definiciones de los concilios sólo tiene significado en relación a su entorno histórico.

Este entorno es imposible de conocer para el no especialista y a menudo incluso para el especialista a causa de la falta de documentos.

Entonces, los anathema sit pertenecerían nada más a la historia. Carecerían de valor en la actualidad.

De hecho se los considera así, pues nunca se exige a un adulto como condición para su bautismo haber leído el Manual de las decisiones y símbolos de los concilios. Un catecismo no es su equivalente, pues no incluye todo lo que es técnicamente “de fe estricta”, y contiene cosas que no lo son.

Por otra parte, es imposible descubrir, preguntando a los sacerdotes, lo que es y lo que no es “de fe estricta”.

Bastaría, pues, con proclamar oficialmente lo que ya es más o menos realidad en la práctica: que una adhesión de corazón a los misterios de la trinidad, la encarnación, la redención, la eucaristía y el carácter revelado del Nuevo Testamento, es la única condición para el acceso a los sacramentos.

En este caso, la fe cristiana, sin peligro de que la Iglesia ejerciera tiranía alguna sobre los espíritus, podría ser colocada en el centro de la vida profana y de cada una de las actividades que la componen, impregnando todo, absolutamente todo, con su luz.

Vía única de salvación para los desdichados hombres de hoy.]

2 comentarios:

  1. consideraciones como estas, del fuero interno de Weil, encaradas desde la honestidad y la exigencia intelectual (y moral) le ponen una pátima de decencia a tales escabrosos temitas;
    anyway, considero que Simone misma define amor con acción, expresa intentar meridianamente entender cuando piensa y estudia pero, sobre todo, al haber ido a trabajar codo a codo con los obreros de la Renault. Util ejercicio para muchos intelectuales de esta época (además de la licenciatura,o el práctico, podríamos incluir pasantía tal en los planes de estudio de las carreras: muchachos, que la realidad los pinte con sus colores)

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  2. Hay algo que es símbolo de Weil, su compromiso y su acción: sus cuadernos que vivieron en las fábricas como los de LW vivieron la primer guerra, los hospitales de la segunda. Ambos pensaron y vivieron, actuaron y pensaron, escribieron y se comprometieron, con sus cuadernos y ahí están estos textos que son de primera mano. Pensamientos en acción, y directos más que desordenados.

    Y sí, ni hablar de las prácticas del derecho y la educación práctica.
    Salut!
    L.

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